No recordaba haber tenido padres. Ni si quiera recordaba que es lo que estaba
haciendo en aquel sitio. En realidad no recordaba demasiado bien nada de mi
vida. Era como si hubiese empezado en ese momento…O quizás ni en ese momento.
Mi vida era como una existencia vacía que no recordaba…O que quizás no quería
recordar. De hecho, solo podían transitar las calles, como si fuese un alma en
pena, condenada a vagar eternamente sin rumbo. Pero un día tuve suerte, si es
que se puede llamar así.
Aún siendo nórdica, me acogieron unas monjas cristianas y me llevaron a un Orfanato a las afueras de la ciudad donde me encontraba. Ciudad de la cual ni si quiera sabía el nombre. Quizás eso tampoco tenía demasiada importancia. Tampoco es que supiese mi nombre, mis apellidos, mi edad… No sabía nada sobre mí, y quizás por ello mismo, porque algo en mi mente me obligaba a olvidar, o quizás fue un golpe que me di en algún momento. Tampoco podré saberlo nunca.
El primer día llovía, eso sí puedo recordarlo bastante bien. Y fueron las propias ‘’hermanas’’ las que me obligaron a ducharme y a comer, bien podría estar desnutrida que nunca me enteré. La comida llenó mi estómago y el agua de la ducha que recorrió mi cuerpo era algo más cálida que el agua del exterior, pero no sentí esa calidez. No podía sentirla en un sitio como aquel. Era todo gris. Era todo frío. Había muchas personas, pero parecía demasiado solitario. Como si nadie se relacionase con nadie. Al menos no más de lo que les obligaban. Tanto las monjas como las chicas. A parte de que todas ellas, como suponía que era yo, eran huérfanas y lucían tan gris como el orfanato. Sentía la mirada de todas ellas en mí, clavadas como puñales. Llenas de frialdad y quizás incluso rencor por algún motivo que no llegaba a comprender.
A mi también me vistieron de gris. Aunque quizás yo seguía siendo la única persona que daba color a aquel lugar, al menos si hablábamos de mi cabello naranja que bien parecía una candela en medio de un cementerio. Decidieron cortármelo y recogérmelo en un repeinado moño tras mi nuca. Y lo cierto es que no me importó. No me importaba nada. Aun a pesar de que me habían dado un nombre y unos apellidos. Mery Dust. Dust era el apellido de la hermana mayor. Más de una vez me dijeron que debería de sentirme agradecida de algo así. Pero lo cierto es que no lo estaba. Me daba igual. También me dieron una edad, una fecha no real de nacimiento, el diez de Marzo, y tenía según ellas unos ocho años.
Hacía lo que me ordenaban. Dormía cuando debía dormir, estudiaba cuando debía de estudiar y comía cuando debía comer. Pero ni si quiera creo que fuese demasiado consciente de todo eso. Estaba como en un mundo aparte. Todo me era indiferente. Ni si quiera me importaba tener amigas o algo así. Aunque allí las personas ni si quiera parecían saber el significado de la amistad. No solo las alumnas, las propias monjas eran las que te castigaban de forma severa si no hacías lo que ellas decían. Más de una vez me abofetearon. Pero no me quejé. ¿para qué iba a quejarme? No le veía utilidad. De hecho, no le veía utilidad a mi vida.
Los días pasaban, los meses. Y nada cambiaba. Nada en absoluto. Pero de nuevo mi vida volvió a entrar en desgracia. Hubo un incendio en el Orfanato. Y fue la primera vez que abrí los ojos de verdad, que pude ver el mundo como realmente era. Un lugar cruel.
Los cimientos se desprendieron y cayeron encima de compañeras o de monjas que, desesperadas, intentaban huir en su último aliento. Otras simplemente fueron abrasadas por las llamaradas. Quemadas hasta que no quedó nada, solo gritos en el aire mezclados con humo y un sentimiento de horror. Yo simplemente corrí, y pudo esquivar todo los obstáculos del camino hasta que llegué al exterior y me puse a salvo. Como si el Dios de la suerte estuviese en mi camino. Irónico, ¿Verdad? Tenía suerte y desgracia a la vez en mi vida. Muchos murieron, pero yo conseguí escapar con vida. Sucia y herida, pero con vida. Aun a pesar de que nuevamente la soledad me acechaba. Era algo mayor, probablemente tendría unos diez años cuando todo esto pasó, quizás unos once. Tampoco lo sé con seguridad. Pero esa vez si fui consciente de que probablemente esta vez moriría de hambre sin encontrar un orfanato de nuevo.
Quizás fuera cosa de la suerte de la que os hablo. Pero ni si quiera pasaron horas desde que se incendió el orfanato al momento en el que encontré mi salvación personificada en un hombre de cabellos dorados, ojos verdes y sonrisa afable.
Yo estaba arrodillada y mugrienta en el suelo nevado, con un paisaje incendiado a mis espaldas. Mi pelo que caía a ambos lados de mi cara, despeinado y suelto, y mi ropa hecha girones. Fue entonces cuando lo vi, ese hombre tendiéndome una mano. Y puede que me equivocase de decisión, pero acabé aceptándola. Aceptando un nuevo cambio en mi vida, siguiendo el camino que mi destino me había impuesto.
Su nombre era Hendrick.
Aún siendo nórdica, me acogieron unas monjas cristianas y me llevaron a un Orfanato a las afueras de la ciudad donde me encontraba. Ciudad de la cual ni si quiera sabía el nombre. Quizás eso tampoco tenía demasiada importancia. Tampoco es que supiese mi nombre, mis apellidos, mi edad… No sabía nada sobre mí, y quizás por ello mismo, porque algo en mi mente me obligaba a olvidar, o quizás fue un golpe que me di en algún momento. Tampoco podré saberlo nunca.
El primer día llovía, eso sí puedo recordarlo bastante bien. Y fueron las propias ‘’hermanas’’ las que me obligaron a ducharme y a comer, bien podría estar desnutrida que nunca me enteré. La comida llenó mi estómago y el agua de la ducha que recorrió mi cuerpo era algo más cálida que el agua del exterior, pero no sentí esa calidez. No podía sentirla en un sitio como aquel. Era todo gris. Era todo frío. Había muchas personas, pero parecía demasiado solitario. Como si nadie se relacionase con nadie. Al menos no más de lo que les obligaban. Tanto las monjas como las chicas. A parte de que todas ellas, como suponía que era yo, eran huérfanas y lucían tan gris como el orfanato. Sentía la mirada de todas ellas en mí, clavadas como puñales. Llenas de frialdad y quizás incluso rencor por algún motivo que no llegaba a comprender.
A mi también me vistieron de gris. Aunque quizás yo seguía siendo la única persona que daba color a aquel lugar, al menos si hablábamos de mi cabello naranja que bien parecía una candela en medio de un cementerio. Decidieron cortármelo y recogérmelo en un repeinado moño tras mi nuca. Y lo cierto es que no me importó. No me importaba nada. Aun a pesar de que me habían dado un nombre y unos apellidos. Mery Dust. Dust era el apellido de la hermana mayor. Más de una vez me dijeron que debería de sentirme agradecida de algo así. Pero lo cierto es que no lo estaba. Me daba igual. También me dieron una edad, una fecha no real de nacimiento, el diez de Marzo, y tenía según ellas unos ocho años.
Hacía lo que me ordenaban. Dormía cuando debía dormir, estudiaba cuando debía de estudiar y comía cuando debía comer. Pero ni si quiera creo que fuese demasiado consciente de todo eso. Estaba como en un mundo aparte. Todo me era indiferente. Ni si quiera me importaba tener amigas o algo así. Aunque allí las personas ni si quiera parecían saber el significado de la amistad. No solo las alumnas, las propias monjas eran las que te castigaban de forma severa si no hacías lo que ellas decían. Más de una vez me abofetearon. Pero no me quejé. ¿para qué iba a quejarme? No le veía utilidad. De hecho, no le veía utilidad a mi vida.
Los días pasaban, los meses. Y nada cambiaba. Nada en absoluto. Pero de nuevo mi vida volvió a entrar en desgracia. Hubo un incendio en el Orfanato. Y fue la primera vez que abrí los ojos de verdad, que pude ver el mundo como realmente era. Un lugar cruel.
Los cimientos se desprendieron y cayeron encima de compañeras o de monjas que, desesperadas, intentaban huir en su último aliento. Otras simplemente fueron abrasadas por las llamaradas. Quemadas hasta que no quedó nada, solo gritos en el aire mezclados con humo y un sentimiento de horror. Yo simplemente corrí, y pudo esquivar todo los obstáculos del camino hasta que llegué al exterior y me puse a salvo. Como si el Dios de la suerte estuviese en mi camino. Irónico, ¿Verdad? Tenía suerte y desgracia a la vez en mi vida. Muchos murieron, pero yo conseguí escapar con vida. Sucia y herida, pero con vida. Aun a pesar de que nuevamente la soledad me acechaba. Era algo mayor, probablemente tendría unos diez años cuando todo esto pasó, quizás unos once. Tampoco lo sé con seguridad. Pero esa vez si fui consciente de que probablemente esta vez moriría de hambre sin encontrar un orfanato de nuevo.
Quizás fuera cosa de la suerte de la que os hablo. Pero ni si quiera pasaron horas desde que se incendió el orfanato al momento en el que encontré mi salvación personificada en un hombre de cabellos dorados, ojos verdes y sonrisa afable.
Yo estaba arrodillada y mugrienta en el suelo nevado, con un paisaje incendiado a mis espaldas. Mi pelo que caía a ambos lados de mi cara, despeinado y suelto, y mi ropa hecha girones. Fue entonces cuando lo vi, ese hombre tendiéndome una mano. Y puede que me equivocase de decisión, pero acabé aceptándola. Aceptando un nuevo cambio en mi vida, siguiendo el camino que mi destino me había impuesto.
Su nombre era Hendrick.


