Recuerdo que aquel día hacía calor. Tenía la boca seca, y me
moría de hambre. Ya estaba oscureciendo, y aún así, el aire caliente y el
polvillo de la tierra de aquel barrio bajo y pobre de Egipto hacía de
insoportable estar allí, como si fuesen
las cuatro de la tarde. A decir verdad había muy poca gente que lo soportase y
que saliese a las callejuelas entre barriada y barriada, incluso estando
acostumbrados a un clima árido y tan caluroso como era aquel. Por eso no solo
recuerdo aquel día como caluroso, sino también como solitario y triste.
Recuerdo que el olor a pan inundaba mi mente y todos mis
sentidos. Sostenía solo dos barras de pan, lo único que había podido comprar
con el poco dinero que mis padres me habían dado. Yo no era más que un crío,
seguramente no tendría más de cinco años, no lo recuerdo. Solo puedo recordar
que yo no entendía por qué solo comíamos una vez al día, y lo poco que ganaba
mi padre en su trabajo de constructor en la capital no alcanzaba para más de
dos barras de pan. Recuerdo verle el cuerpo lleno de moratones, de heridas y
suciedad. Sus ropas rasgadas y desgastadas por el enorme esfuerzo que cualquier
persona de cincuenta años debía hacer para cargar piedras de un lado para otro
como si no fuese más que una mula de carga. Recuerdo sus suspiros de cansancio,
los llantos de mi madre por no podernos dar más comida a mi hermana y a mí…
Pero por más que lo piense, lo que no recuerdo son ni sus rostros, ni sus
nombres. Quizás porque mi subconsciente quiso borrar imágenes que no quería
volver a recordar.
No me quedaban demasiados metros hasta llegar a mi casa
cuando el grito de mi madre ensordeció todo el barrio. Yo solo pude echar a
correr hasta encontrarme de frente con la puerta de madera de lo que por aquel
entonces era mi casa abierta de par en par, pero nadie esperando a salir, o a
entrar. Un mal presentimiento invadió mi cuerpo desde los pies a la cabeza, eso
sí lo recuerdo. Y recuerdo que aún así, y aunque estaba muerto de miedo, me
acerqué y me planté frente a esa puerta abierta. Lo que mis por aquel entonces
castaños ojos pudieron observar me acompañaría en mis pesadillas desde ese
mismo instante. No solo mi madre,
también mi padre, yacían en el oscuro suelo encharcado de su propia sangre
entremezclada. Ninguno de los dos tenía armas. Ninguno de los dos parecía que
hubiesen tenido mucho tiempo para hacer nada, ni siquiera para defenderse. Era
un niño por aquel entonces, pero no aparté la mirada de los cadáveres de mis
padres. Por eso pude fijarme en los golpes de la cabeza de ambos, como si
alguien hubiese golpeado una y otra y otra vez hasta partirles el cráneo.
Las barras de pan cayeron al suelo desde mis manos
temblorosas, salpicando de sangre mis piernas desnudas y descalzas, porque
jamás tuve dinero, ni de niño ni de joven, como para poder vestirme o calzarme
con más que lo que encontrase en la basura. Cuando logré apartar la mirada del
cadáver de mis padres pude ver los pocos muebles u objetos de la pequeña casa
que podía llamar hogar esparcidos por el suelo. No era extraño que hubiesen
ladrones en un barrio bajo. Ni eran extraños los asesinatos por buscar algo que
llevarse a la boca. Donde me crié prácticamente la ley del más fuerte era la
única ley permitida. Porque incluso la guardia o las leyes de la capital no
eran aplicables a un nido de pulgas como era aquel. Pero si algo recuerdo de
mis padres, eran sus vidas tranquilas. Sus principios arraigados. “Robar está
mal”, prácticamente podía considerarse el lema latente de cada día. Y sin
embargo, viviendo a las humildes formas que mis padres nos enseñaron, los
cuatro rozábamos la desnutrición. Mis ojos volvieron a rodarse con lentitud por
toda la habitación. Ni una sola lágrima se derramó de mis ojos, ni un solo
grito de auxilio, ni ningún llanto desesperado. En ese momento mi mente se
nubló y solo era capaz de pensar en algo: no encontraba el cadáver de mi
hermana.
Avancé despacio sobre el propio charco de sangre, y me colé
en la habitación que había sido mía y de Akela, paralela a la de nuestros
padres. No necesité buscarla, su llanto ahogado la delató, oculta debajo de un
montón de harapos bajo la tabla roída y semi rota que ejercía como cama. Me
incliné hacia ella, y aparté los harapos hasta encontrarme con sus enormes ojos
almendrados llorosos, temblando de miedo. Pude ver en esa mirada que estaba
buscando una respuesta. Su voz resonó en mi cabeza, aunque Akela no llegó a
decir nada. “¿Por qué ha pasado esto, Khalid?” “¿Papá y mamá no se despertarán
más?” “¿Qué haremos ahora?”. Pero mis
ojos no fueron capaces de transmitir la respuesta que Akela parecía buscar en
mí. Era solo un crío. Un niño perdido, ahora más que nunca, huérfano y con una
hermana pequeña a la que cuidar. Podría parecer una desgracia para cualquiera
que pudiese saberlo ahora, o para cualquier sociedad, o lugar medianamente
civilizado. Pero donde yo vivía era el pan de cada día, y puede que en mi
interior siempre había sido consciente de ello. De que mi responsabilidad en
cuanto mis padres no estuviesen era cuidar de Akela. Y sí, ese momento llegó
mucho antes de lo que debería, pero sé que en ese momento yo no quería
pensarlo. No podía pensarlo. Solo pude coger a Akela de la mano, y obligarla a
levantarse, apartándola de todos aquellos harapos. Pude ver que sus ojos fueron
directos hacia donde la puerta principal, pero me interpuse. Cogí uno de los
harapos del suelo y se lo enredé alrededor del cuello y los ojos, que por
suerte le quedaba lo suficientemente grande como para cubrir todo su rostro,
impidiendo que pudiese ver lo que yo había visto.
- No te lo quites, ¿Vale? Confía en mí, te sacaré de aquí.
- Khalid…
No dejé que Akela terminase de hablar. Yo mismo tiré de su
mano, sin volver a mirarla, pero a sabiendas de que Akela obedecería lo que le
había pedido. Siempre obedecía a lo que yo le decía, y quizás por eso mis
reacciones fueron rápidas. No tenía tiempo para lamentarle, no mientras no
pusiese a Akela a salvo, y lejos de allí.
[…]
Salí rápido de mi casa. Dejé a mis padres allí, la puerta
abierta, nuestras pocas cosas en nuestra habitación. Ni siquiera volví a mirar
atrás, y desde ese día, jamás lo hice. Sabía el peligro que podía tener que
quien fuera que hubiese matado a mis padres descubriese que tenían hijos
pequeños. Y la esclavitud no era algo que quisiese para Akela. Por eso se lo
expliqué. Le expliqué con todo el tacto que pude que nuestros padres no
volverían. Que cuidaría de ella, que juraba hacerlo, y que jamás la dejaría atrás. Akela era una
niña fuerte, siempre lo fue. Pero recuerdo que aquel día, y con los últimos rayos
de sol, Akela lloró hasta caer rendida. Cargué con ella en mi espalda hasta que
encontré, horas después, el único lugar que me pareció seguro. En un callejón
sin salida en una de las barriadas, bastante lejos de lo que había sido mi
hogar, había hecho con piedra y hierro una especie de corral para perros. La
suerte es que la casa parecía estar abandonada, algo que tampoco era de
extrañar. La gente moría y las casas quedaban atrás para quien más pronto se
apropiase de ellas, aunque por suerte, nadie parecía haberlo hecho aún. Dejé a
Akela en el interior del corral, pues con suerte, tenía una especie de techo y
estaba oculto a la vista de los demás, por lo que podíamos escondernos, al
menos hasta que encontrase otro sitio donde ir. Akela se despertó, pero
entendió cuando le dije que me esperase allí, que debía hacer algo antes de
volver.
Me aseguré de que quedase oculta a la vista de los demás, y
en cuanto me alejé, eché a correr. No supe a donde, ni durante cuánto tiempo.
Simplemente eché a correr. Cuando quise darme cuenta, estaba observando el
barrio desde cualquier tejado donde pude subirme. Me había sentado en el
bordillo, dejando colgando mis pies aún sucios de tierra y sangre. El reflejo
de la luna se apoderó de mis ojos, dejando ver las lágrimas que, ahora sí
bajaban desde mis párpados por mis mejillas. Perdí la noción del tiempo en esas
lágrimas silenciosas. Que yo recuerde, la única vez que lloré de verdad hasta
que me dolía hacerlo. Y la última. Todo había pasado demasiado rápido como para
que un crío como yo lo era pudiese
asimilarlo. Pero si lo pienso ahora, sé que esa fue la mejor acción que pude
hacer. Desde ese día sería la madre, el padre y el hermano de Akela. Ese día
renuncié a esos ideales que mis padres habían intentado labrar en nosotros,
porque ese día entendí que los ideales no te salvarán de aquellos que no los
comparten. Juré que haría lo que fuese necesario para que Akela tuviese una
vida mejor. Que no permitiría que volviese a pasar por algo así, que no
permitiría que ella abandonase esos ideales. Ese día prometí que haría lo que
hiciese falta y renunciaría a la humanidad si era necesario con tal de volver
el mundo de Akela un poco más justo. Por eso, a partir de ese día, aprendí a
sobrevivir por mi propia cuenta, y de mi propia manera. Hay muchos detalles que
no recuerdo. Pero lo que sí recuerdo, es que al final del día, seguía teniendo
la boca seca.

