Pasado de Khalid

Primera parte



Recuerdo que aquel día hacía calor. Tenía la boca seca, y me moría de hambre. Ya estaba oscureciendo, y aún así, el aire caliente y el polvillo de la tierra de aquel barrio bajo y pobre de Egipto hacía de insoportable estar allí, como si  fuesen las cuatro de la tarde. A decir verdad había muy poca gente que lo soportase y que saliese a las callejuelas entre barriada y barriada, incluso estando acostumbrados a un clima árido y tan caluroso como era aquel. Por eso no solo recuerdo aquel día como caluroso, sino también como solitario y triste.



Recuerdo que el olor a pan inundaba mi mente y todos mis sentidos. Sostenía solo dos barras de pan, lo único que había podido comprar con el poco dinero que mis padres me habían dado. Yo no era más que un crío, seguramente no tendría más de cinco años, no lo recuerdo. Solo puedo recordar que yo no entendía por qué solo comíamos una vez al día, y lo poco que ganaba mi padre en su trabajo de constructor en la capital no alcanzaba para más de dos barras de pan. Recuerdo verle el cuerpo lleno de moratones, de heridas y suciedad. Sus ropas rasgadas y desgastadas por el enorme esfuerzo que cualquier persona de cincuenta años debía hacer para cargar piedras de un lado para otro como si no fuese más que una mula de carga. Recuerdo sus suspiros de cansancio, los llantos de mi madre por no podernos dar más comida a mi hermana y a mí… Pero por más que lo piense, lo que no recuerdo son ni sus rostros, ni sus nombres. Quizás porque mi subconsciente quiso borrar imágenes que no quería volver a recordar.

No me quedaban demasiados metros hasta llegar a mi casa cuando el grito de mi madre ensordeció todo el barrio. Yo solo pude echar a correr hasta encontrarme de frente con la puerta de madera de lo que por aquel entonces era mi casa abierta de par en par, pero nadie esperando a salir, o a entrar. Un mal presentimiento invadió mi cuerpo desde los pies a la cabeza, eso sí lo recuerdo. Y recuerdo que aún así, y aunque estaba muerto de miedo, me acerqué y me planté frente a esa puerta abierta. Lo que mis por aquel entonces castaños ojos pudieron observar me acompañaría en mis pesadillas desde ese mismo instante.  No solo mi madre, también mi padre, yacían en el oscuro suelo encharcado de su propia sangre entremezclada. Ninguno de los dos tenía armas. Ninguno de los dos parecía que hubiesen tenido mucho tiempo para hacer nada, ni siquiera para defenderse. Era un niño por aquel entonces, pero no aparté la mirada de los cadáveres de mis padres. Por eso pude fijarme en los golpes de la cabeza de ambos, como si alguien hubiese golpeado una y otra y otra vez hasta partirles el cráneo.

Las barras de pan cayeron al suelo desde mis manos temblorosas, salpicando de sangre mis piernas desnudas y descalzas, porque jamás tuve dinero, ni de niño ni de joven, como para poder vestirme o calzarme con más que lo que encontrase en la basura. Cuando logré apartar la mirada del cadáver de mis padres pude ver los pocos muebles u objetos de la pequeña casa que podía llamar hogar esparcidos por el suelo. No era extraño que hubiesen ladrones en un barrio bajo. Ni eran extraños los asesinatos por buscar algo que llevarse a la boca. Donde me crié prácticamente la ley del más fuerte era la única ley permitida. Porque incluso la guardia o las leyes de la capital no eran aplicables a un nido de pulgas como era aquel. Pero si algo recuerdo de mis padres, eran sus vidas tranquilas. Sus principios arraigados. “Robar está mal”, prácticamente podía considerarse el lema latente de cada día. Y sin embargo, viviendo a las humildes formas que mis padres nos enseñaron, los cuatro rozábamos la desnutrición. Mis ojos volvieron a rodarse con lentitud por toda la habitación. Ni una sola lágrima se derramó de mis ojos, ni un solo grito de auxilio, ni ningún llanto desesperado. En ese momento mi mente se nubló y solo era capaz de pensar en algo: no encontraba el cadáver de mi hermana.

Avancé despacio sobre el propio charco de sangre, y me colé en la habitación que había sido mía y de Akela, paralela a la de nuestros padres. No necesité buscarla, su llanto ahogado la delató, oculta debajo de un montón de harapos bajo la tabla roída y semi rota que ejercía como cama. Me incliné hacia ella, y aparté los harapos hasta encontrarme con sus enormes ojos almendrados llorosos, temblando de miedo. Pude ver en esa mirada que estaba buscando una respuesta. Su voz resonó en mi cabeza, aunque Akela no llegó a decir nada. “¿Por qué ha pasado esto, Khalid?” “¿Papá y mamá no se despertarán más?” “¿Qué haremos ahora?”.  Pero mis ojos no fueron capaces de transmitir la respuesta que Akela parecía buscar en mí. Era solo un crío. Un niño perdido, ahora más que nunca, huérfano y con una hermana pequeña a la que cuidar. Podría parecer una desgracia para cualquiera que pudiese saberlo ahora, o para cualquier sociedad, o lugar medianamente civilizado. Pero donde yo vivía era el pan de cada día, y puede que en mi interior siempre había sido consciente de ello. De que mi responsabilidad en cuanto mis padres no estuviesen era cuidar de Akela. Y sí, ese momento llegó mucho antes de lo que debería, pero sé que en ese momento yo no quería pensarlo. No podía pensarlo. Solo pude coger a Akela de la mano, y obligarla a levantarse, apartándola de todos aquellos harapos. Pude ver que sus ojos fueron directos hacia donde la puerta principal, pero me interpuse. Cogí uno de los harapos del suelo y se lo enredé alrededor del cuello y los ojos, que por suerte le quedaba lo suficientemente grande como para cubrir todo su rostro, impidiendo que pudiese ver lo que yo había visto.

- No te lo quites, ¿Vale? Confía en mí, te sacaré de aquí.

- Khalid…

No dejé que Akela terminase de hablar. Yo mismo tiré de su mano, sin volver a mirarla, pero a sabiendas de que Akela obedecería lo que le había pedido. Siempre obedecía a lo que yo le decía, y quizás por eso mis reacciones fueron rápidas. No tenía tiempo para lamentarle, no mientras no pusiese a Akela a salvo, y lejos de allí.


[…]

Salí rápido de mi casa. Dejé a mis padres allí, la puerta abierta, nuestras pocas cosas en nuestra habitación. Ni siquiera volví a mirar atrás, y desde ese día, jamás lo hice. Sabía el peligro que podía tener que quien fuera que hubiese matado a mis padres descubriese que tenían hijos pequeños. Y la esclavitud no era algo que quisiese para Akela. Por eso se lo expliqué. Le expliqué con todo el tacto que pude que nuestros padres no volverían. Que cuidaría de ella, que juraba hacerlo,  y que jamás la dejaría atrás. Akela era una niña fuerte, siempre lo fue. Pero recuerdo que aquel día, y con los últimos rayos de sol, Akela lloró hasta caer rendida. Cargué con ella en mi espalda hasta que encontré, horas después, el único lugar que me pareció seguro. En un callejón sin salida en una de las barriadas, bastante lejos de lo que había sido mi hogar, había hecho con piedra y hierro una especie de corral para perros. La suerte es que la casa parecía estar abandonada, algo que tampoco era de extrañar. La gente moría y las casas quedaban atrás para quien más pronto se apropiase de ellas, aunque por suerte, nadie parecía haberlo hecho aún. Dejé a Akela en el interior del corral, pues con suerte, tenía una especie de techo y estaba oculto a la vista de los demás, por lo que podíamos escondernos, al menos hasta que encontrase otro sitio donde ir. Akela se despertó, pero entendió cuando le dije que me esperase allí, que debía hacer algo antes de volver.


Me aseguré de que quedase oculta a la vista de los demás, y en cuanto me alejé, eché a correr. No supe a donde, ni durante cuánto tiempo. Simplemente eché a correr. Cuando quise darme cuenta, estaba observando el barrio desde cualquier tejado donde pude subirme. Me había sentado en el bordillo, dejando colgando mis pies aún sucios de tierra y sangre. El reflejo de la luna se apoderó de mis ojos, dejando ver las lágrimas que, ahora sí bajaban desde mis párpados por mis mejillas. Perdí la noción del tiempo en esas lágrimas silenciosas. Que yo recuerde, la única vez que lloré de verdad hasta que me dolía hacerlo. Y la última. Todo había pasado demasiado rápido como para que un crío como  yo lo era pudiese asimilarlo. Pero si lo pienso ahora, sé que esa fue la mejor acción que pude hacer. Desde ese día sería la madre, el padre y el hermano de Akela. Ese día renuncié a esos ideales que mis padres habían intentado labrar en nosotros, porque ese día entendí que los ideales no te salvarán de aquellos que no los comparten. Juré que haría lo que fuese necesario para que Akela tuviese una vida mejor. Que no permitiría que volviese a pasar por algo así, que no permitiría que ella abandonase esos ideales. Ese día prometí que haría lo que hiciese falta y renunciaría a la humanidad si era necesario con tal de volver el mundo de Akela un poco más justo. Por eso, a partir de ese día, aprendí a sobrevivir por mi propia cuenta, y de mi propia manera. Hay muchos detalles que no recuerdo. Pero lo que sí recuerdo, es que al final del día, seguía teniendo la boca seca.